Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua que “estar en Babia” significa “estar distraído y como ajeno a aquello de que se trata”. Se ha escrito mucho sobre la procedencia de esta expresión, que viene de la contestación que solían recibir aquellos que preguntaban por los reyes de León y Asturias. Los monarcas disfrutaban de su tiempo descansando y solazándose con la abundante caza de la zona, allá por la Edad Media, y estaban, por tanto, “en Babia”.

Los puentes de hierro de carretera fueron construidos:  “siempre en tramos rectos: abundan las celosías roblonadas en cruces de san Andrés, de tablero superior y escasa luz- menos de 10 metros-, generalmente situados en carreteras locales; pero para salvar luces más grandes – incluso superiores a 40 metros-, tres son las tipologías empleadas: las celosías enrejilladas, las cruces de San Andrés dobles o las de tipo Bow-string (…)” (Fernández Ordóñez, Abad Balboa y Chías Navarro: 1988, 35)[1]

La historia de la restauración y apertura al público de la Villa Romana de Navatejera recuerda al cuento de nunca acabar, ¿quieres que vuelva a empezar? Y el asunto tiene su enjundia porque la villa fue excavada y protegida con un vallado allá por finales del siglo XIX. La historia comienza en 1885 cuando unas fuertes lluvias provocan una gran riada que deja al descubierto los restos de unos pavimentos antiguos que pronto se identificaron como romanos.

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