Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó. (Mt 27, 3-5)

…y al parecer escogió las ramas de un Cercis siliquastrum para acabar con su vida.

Pero a esta historia siniestra se le opone otra más amable, pues la misma especie, originaria de Oriente Medio, también recibe popularmente el nombre de árbol del amor o árbol de San Valentín, posiblemente por la forma acorazonada de sus hojas.

En Pombriego, localidad de la Cabrera Baja, se plantó un ejemplar en la plaza de la iglesia de San Clemente, el lugar donde se celebraban las verbenas. Corrían los años 40 y algunos recuerdan como las parejas de entonces (Amancia y Adelino, Blanca y Pepe, Euma y Agapito…) bailaban cerca del joven ejemplar, dando sentido a esa relación entre la pasión amorosa y la especie vegetal.

Fue “Fernandín el de Dehesas” quien trajo a Pombriego el árbol de no se sabe muy bien dónde, y durante muchos años, adornó las primaveras del pueblo con su explosión de maravilloso color.

En el año 2000, se taló su copa sin grandes contemplaciones y el árbol ya no se recuperó. Decían que peligraba el tejado de la iglesia pero tampoco se buscaron soluciones alternativas. Hoy, todo lo que queda es un triste tocón.

Le sobreviven hijos dispersos por la aldea que, si bien adornan el paisaje, no dejan de ser recordatorio del precioso ejemplar desaparecido…

 Texto: María Gómez
Fotografía: María Gómez, Ignacio Peñacoba del Canto y Alberto López Rodríguez

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