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Aunque palentino de nacimiento, Julio del Campo puede considerarse leonés de una pieza. En León dejó gran parte de su obra y también descansa en paz en un espectacular mausoleo de nuestro cementerio. Su trabajo más importante se halla en el número 9 de la calle que lleva su nombre. Julio y su esposa donaron a la ciudad el edificio en 1917. Albergaba dos escuelas en su piso inferior y la vivienda del maestro en el superior. La fachada de la construcción es magnífica. A pesar de su pésimo estado de conservación, se pueden apreciar su monumentalidad y singularidad.

En el número 3 de la Calle Ancha, a pocos metros de la Catedral, se ubica la Farmacia Merino desde el año 1901. El negocio había sido fundado mucho antes, en 1827. Gregorio Felipe Merino (1790-1862), un madrileño de orígenes andaluces se instala en un León que contaba apenas con 7000 habitantes. Primero emplaza su establecimiento en la calle Nueva (ahora denominada Mariano Domínguez Berrueta) y 20 años después se traslada a la Plaza de la Catedral. El local, situado bajo los soportales que están frente a la Pulchra, fue diseñado por el arquitecto Juan Madrazo y Kuntz quién ideó…

En el medieval barrio de San Claudio, se erige la Iglesia del mismo nombre. Dedicado al mártir Claudio, hijo del centurión Marcelo, este templo esconde un tesoro pictórico poco conocido: los murales de Alfonso Fraile. En el año 1957 Doña Paz Fernández Peña encarga el proyecto de la iglesia al arquitecto y presidente de la Diputación Ramón Cañas del Río; el pintor sevillano Alfonso Fraile realizará las pinturas interiores.

 (Dedicado a mi padre, José Antonio Gómez Rosende, fallecido el 12 de febrero de 2014) Muchos leoneses ignorarán que el primer cementerio que existió en la capital, construido sobre 1833 estaba situado en la carretera de Asturias, justo en el lugar en el que hoy se encuentran la antigua maternidad y el colegio de Las Anejas. Hasta entonces los difuntos eran enterrados en  camposantos particulares y en los de las iglesias. Los del Hospital de San Antonio Abad, el Hospicio y San Marcos cumplían esta función en nuestra ciudad.

Con motivo de su centenario, la Cámara de Comercio e Industria de León, encargó a la escultora Esperanza D’Ors una obra que sería finalmente inaugurada en diciembre de 2008. El conjunto escultórico, escondido en el desangelado polígono de La Lastra, es una representación de los cuatro elementos naturales (agua, aire, tierra y fuego) a través de cuatro mitos clásicos (Narciso, Ícaro, Sísifo y Prometeo). La propia Esperanza D’Ors  explicaba el porqué de la relevancia de estos mitos en una entrevista concedida al Diario de León, afirmando que:

Hay sonrisas y sonrisas. Sonrisas sinceras, falsas, luminosas, tristes…Después, hay sonrisas enigmáticas como la de la Mona Lisa y también la sonrisa de Buda. Es una sonrisa un poco extraña que solo se esboza y no acaba de romper. Una especie de sonrisa de “yo sé que tú sabes que yo sé” o de “tú sabes que yo sé que tú sabes”; comparte un secreto con nosotros mientras parece disolverse en el aire. No sabemos si el artista anónimo que ha sembrado por la capital estas sonrisas tenía en mente a Siddharta Gautama, Buda, cuando las pintaba pero en todo…

Los callejeros de León y Ponferrada son fuente inagotable de conocimiento y sabiduría… Veamos el singular caso de la llamada “monja Etheria”, autora de un curioso y valioso texto en latín precursor de los modernos libros de viajes, nos referimos al llamado “Itinerarium Egeriae”

Los puentes siempre han sido metáforas. Metáforas de unión, de avance, de progreso… Los puentes de hierro además simbolizaron la modernidad en su época. Aparte de su indudable belleza estética, se levantan como testigos mudos de un tiempo muy concreto, el de la tardía extensión de la Revolución Industrial en León. Hoy, algunos de esos puentes se han convertido en centenarios y otros caminan, con mayor o menor fortuna, hacia el cumplimiento de su primer siglo pero todos ellos son señas de identidad importantes en aquellos pueblos y comarcas donde están situados.